Jill Tarter y la búsqueda de inteligencia extraterrestre

Por Daniel Migueles

Y hablando de las grandes personas que hicieron grandes aportes a la astronomía y sus ciencias relacionadas durante el siglo XX y XXI, por supuesto que también hay aportes de grandes mujeres. Aportes que, injustamente olvidados, vienen ocurriendo desde el inicio de la historia. No podemos dejar de mencionar, por ejemplo, a En’Heduana, una suma sacerdotisa Babilónica que creó los primeros calendarios conocidos, hace 4300 años. También hizo su aporte Aglaonike, que vivió en la Grecia antigua hace 2200 años y que predecía eclipses; lo que le hizo ganar el nombre de “Quién podía hacer desaparecer la luna”. Ya en Alejandría, siglo IV, Hipatia escribía tratados de geometría y álgebra, cartas del cielo, y planisferios. Aún en la oscuridad de la edad media, Fátima de Madrid ocupaba su tiempo trabajando junto a su padre astrónomo; mientras escribía tratados de astronomía llamados “Correcciones de Fátima” y el “Tratado del Astrolabio” que todavía se conserva en la biblioteca del Monasterio de El Escorial. En el siglo XV Sofía Brahe ayudaba a su hermano Tycho a calcular eclipses.  Y durante los siglos XVII y XVIII, se cuenta que un 14% de las mujeres alemanas se dedicaban a la astronomía.

Son innumerables los aportes que hicieron las mujeres a partir del renacimiento. Aportes que han continuado, de manera constantemente creciente, hasta nuestros días.

Una de las grandes iniciativas del siglo XX en el campo de la astronomía ha sido la búsqueda de señales de radio provenientes del espacio. Miles de millones de dólares y miles de millones de horas fueron invertidas para este propósito, y sin dudas en este campo un personaje central es también una mujer: Jill Tarter.

Nacida en 1944, es hija de un jugador de fútbol profesional y una trabajadora del mundo de la moda. Cursaba aún sus estudios secundarios cuando en 1960 Frank Drake había obtenido la aprobación para usar el radiotelescopio de 85 pulgadas con el objetivo de buscar inteligencia extraterrestre. Apuntó durante cuatro meses a Tau Ceti y Epsilon Eridani, escuchando en varias frecuencias diferentes sin un plan fijo; algo así como mover el dial de una radio FM buscando la estación favorita. Pero no encontró nada.

Ya en 1954, con 10 años de edad, en un paseo por una playa estrellada conversó con su padre acerca de las constelaciones, sus formas aparentes y las monstruosas diferentes distancias que nos separaban de esas estrellas. Fue en ese entorno es donde, por primera vez, consideró la idea de que así como ella estaba paseando por una playa estrellada esa noche, habría otras personas paseando con sus padres en planetas que orbitaban esos lejanos soles que formaban las constelaciones.

Su relación con su padre fue fuerte, y ella destacaba por hacer cosas de chicos tales como ir de acampada, pescar, trabajar con herramientas, etc.

Durante la secundaria le encantaban las matemáticas y la física. Quiso estudiar carpintería, pero por las normas de la época tuvo que terminar estudiando “economía doméstica”.

Finalmente pudo torcer los prejucios de la época y obtuvo la licenciatura en Ingeniería física en 1965 en la universidad de Cornell. Era la única en una clase de 300 personas y, por motivos de seguridad, las estudiantes no podían salir de su cuarto desde las 22 hasta las 6 AM, por lo que no tuvo más alternativas que resolver sola los problemas, y no tener experiencia en trabajar en equipo.

Como parte de su búsqueda, continuó estudiando en Berkley, donde obtuvo su master de astronomía en 1971 y luego, estudiando las enanas marrones, obtuvo en 1975 el doctorado en astronomía. Por supuesto, el término “enanas marrones” fue inventado por ella, para referirse a cuerpos celestes que no son exactamente estrellas ni planetas, sino objetos subestelares con masa insuficiente para mantener reacciones nucleares de fusión de hidrógeno.

En esa etapa universitaria fue donde Jill Tarter tuvo sus primeros contactos con el mundo SETI. En 1971 el astrónomo Stu Boyer quería buscar vida extraterrestre usando radiotelescopios, concretamente, en el Hat Creek Radio Observatory. Y para lograr este objetivo, se creó el proyecto “Cyclops”. Este proyecto tenía como objetivo investigar y determinar como debía ser hecha la búsqueda.

https://web.archive.org/web/20150920204912/https://seti.berkeley.edu/sites/default/files/19730010095_1973010095.pdf

Y Jill estaba casualmente allí, a cargo de un ordenador. Un cargo importante pero muy técnico (pensemos, era 1971, las computadoras recién estaban popularizándose). Y al recibir una copia de este informe, más allá de los datos técnicos que poseía este reporte, se entusiasmó con la idea de que parecía que los humanos finalmente tuvieran las herramientas para poder intentar responder a la pregunta, que era “su” pregunta: Estamos solos en el universo?

Según sus propias palabras, se sentía afortunada en dedicarse a esa ciencia, ya que dentro de la ciencia SETI no había discriminación de género; y era un área novedosa. Los prejuicios venían del lado de la temática, no del género; ya que desde un principio fue bastante cuestionada la actividad de buscar “hombrecitos verdes”.  Cuando le preguntaban sobre el por qué buscar señales de vida inteligente en otros planetas siempre respondía que era una forma de entender la física y la química del Universo. Según ella, el saber si somos el único planeta habitado y el único con una especie inteligente sería una buena forma de conocer el espacio exterior.

Ya embarcada en la actividad a la que le dedicó el resto de su vida, fue una de las fundadoras del SETI Institute, en 1984 y durante años formó parte de muchos proyectos internacionales de investigación tales como el NASA SETI High Resolution Microwave Survery (HRMS) entre 1992 y 1993. También fué directora del Proyecto Phoenix del SETI Institute. Este proyecto, que duró desde 1995 hasta 2014 analizó casi ochocientos sistemas estelares parecidos al sistema solar con radiotelescopios situados en Australia, West Virginia y Puerto Rico.

Durante esta etapa Jill también creó, junto con Margaret Turnbull, el denominado HabCat (Catalog of Nearby Habitable Systems), catálogo que contiene una selección de 17 129 estrellas candidatas a tener exoplanetas potencialmente habitables. Fue poseedora del Bernard M. Oliver Chair for SETI en el SETI Institute entre 1997 y 2012 y directora del Center for SETI Research entre 1999 y 2012.

Junto a su equipo diseñó el Allen Telescope Array (ATA), un sistema único compuesto por cuarenta y dos antenas de 6,1 metros cada una, situado en el Hat Creek Radio Observatory y que comenzó sus operaciones en 2007.

El proyecto combina observaciones astronómicas y la búsqueda de señales de vida inteligente y, si consigue los fondos necesarios, pretende tener hasta trescientos cincuenta radiotelescopios que permitirán observar los cientos de exoplanetas descubiertos recientemente por el satélite Kepler, así como los exoplanetas ya anteriormente conocidos que se encuentran en miles de sistemas estelares.

Jill Tarter se jubiló en 2012, y dejó un legado inmenso a toda la humanidad. Ella misma incluye su rama de investigación dentro de los hitos del siglo XX, cuando dice: “En el siglo XX, hubo dos grandes hallazgos que cambiaron nuestra visión del cosmos: Los extremófilos, organismos que viven en las condiciones más extremas y que nos sugieren que deberíamos expandir nuestras ideas de qué buscar en nuestra exploración del universo; y el descubrimiento de los exoplanetas: ahora sabemos que hay más planetas que estrellas en la Vía Láctea”.

Durante su carrera recibió muchos reconocimientos tales como:

  • Premio TED (Technology, Education, Design) en 2009, que premia a personas con visión para cambiar el mundo
  • Lifetime Achievement Award from Women in Aerospace (1989).
  • Dos medallas de la NASA, por sus servicios a la comunidad
  • Fue elegida miembro de la “American Association for the Advancement of Science” en 2002
  • Fue elegida miembro de la “California Academy of Sciences” en 2003.
  • También en el 2003 recibió el premio “Adler Planetarium Women in Space”
  • En 2004 fue nombrada “Una de las cien personas más influyentes del mundo” por la revista TIME, que también la incluyó en la lista de las veinticinco personas más influyentes en el espacio en 2012.
  • También recibió el “Wonderfest’s Carl Sagan Prize for Science Popularization” en 2005
  • Jill tiene un asteroide con su nombre, el asteroide 74824 Tarter (199TJ16)

Ha sido la investigadora principal de dos desarrollos curriculares (“Life in the Universe Series” y “Voyages Throught Time”) y colabora dando charlas en museos, escuelas, etc, sobre la importancia de la búsqueda de inteligencia extraterrestre.

En el 2011, participó del festival Starmus, en donde luego se unió como parte de sus Directores, junto con Brian May, Stephen Hawking y Richard Dawkins, entre otros. Ese año participó de la charla con nombre “Vida Inteligente en el universo: Hay alguien allí afuera?”, que luego fue publicada en el libro “Starmus: 50 años del hombre en el espacio”.

Un párrafo aparte requiere la anécdota de que su persona fue usada para crear un personaje de ficción. Se trata del personaje de Eleanor Arroway, en el libro y posterior película “Contacto” de Carl Sagan.

Carl se inspiró en ella para crear el personaje, aunque la misma Jill dice “Carl Sagan escribió un libro acerca de una mujer que hace lo que yo hago, no acerca de mí” Ella y Jodie Foster trabajaron juntas para crear el personaje para la película. Ambas quedaron muy satisfechas con el resultado, y Jill ha contado que muchos años después, muchas mujeres le comentaron que esa película las inspiró y, a veces decidió, a tomar carreras universitarias relacionadas con la ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

Aun hoy no ha podido responderse la pregunta que se formuló cuando tenía 10 años y paseaba por la playa junto a su padre. Todavía ella misma recuerda ese momento. Tanto, que le gusta comentar: “Ser científica significa que nunca debes crecer. Nunca debes de parar de preguntarte por qué”.

No tenemos todavía la certeza de que haya otras civilizaciones; y todavía falta muchísimo cielo para escuchar, en muchísimas frecuencias. En palabras de Jill Tarter: “Buscar señales extraterrestres es más difícil que buscar una aguja en un pajar, y el pajar cósmico es enorme”

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